Por fin tenemos un
“caso Gosnell” con todas las de la ley. Los grandes medios de comunicación
anglosajones no han podido guardar silencio por más tiempo y acaban de hacerse
eco de la sentencia judicial que condena al abortista de Filadelfia.
El jurado
popular lo ha declarado culpable del asesinato de tres bebés nacidos tras
abortos fallidos, del homicidio involuntario de una paciente que falleció a
causa de una anestesia mal administrada y de otros delitos menores. La
acusación pretende ahora conseguir la pena de muerte.
Este caso resulta
espeluznante y deja chiquito al guionista de películas de terror más morboso. Omito los
detalles por respeto a la sensibilidad del lector. La sensibilidad no es precisamente
el rasgo de carácter más propio de Gosnell, que se había especializado en
abortos por nacimiento tardío: cuando se disponía a romper la columna vertebral
de un feto de treinta semanas –el bebé A del sumario--, el “doctor” Gosnell
bromeó, declarando que era “tan grande que podría ir por su propio pie a la
parada del autobús”.
El “caso Gosnell”
reunía las condiciones para interesar, incluso apasionar, a la opinión pública.
Llama la atención el silencio del establishment
mediático, compensado por la
ebullición de las redes sociales. Si se introduce su nombre en Google, aparecen
más de trescientos millones de entradas. Una vez más, Internet ha tomado la
delantera a los medios tradicionales.
Ese sorprendente desinterés se atribuye a
su alineación mayoritaria con la postura abortista –pro choice, en Estados Unidos--: Mejor callar antes que airear un
caso que podría suministrar munición al enemigo. Había el temor, confirmado por
la realidad de estos días, de que un caso tan terrible podría reabrir el debate
en torno al aborto en términos menos favorables.
Cuando se cumplen cuarenta
años de la sentencia Roe vs Wade, que
lo legalizó en Estados Unidos, se contabilizan en ese país unos cincuenta
millones de abortos. “Incidentes” como el de Gosnell no constituyen la mejor
manera de celebrar un aniversario redondo.
Los norteamericanos
apenas se estaban reponiendo del shock
causado por Gosnell cuando tienen que asomarse a una segunda casa de los
horrores: la de Ariel Castro, en Cleveland, donde retuvo durante más de diez
años a tres jóvenes secuestradas previamente. Esas mujeres fueron víctimas de
un maltrato inimaginable.
Los detalles que vamos conociendo poco a poco nos
dejan sin palabras para describir tanto horror. Por ejemplo, Castro violó
repetidamente a una de las chicas, que en tres ocasiones quedó embarazada. Pero
le propinó tales palizas y le hizo pasar tanta hambre, que perdió a los bebés. Al igual que sucedió con Kermit
Gosnell, el progresivo conocimiento de la trayectoria de Ariel Castro nos
indigna. Incluso sus propios hermanos, Pedro y Onil, se distancian de él y
piden el castigo más severo: “Es un monstruo, que se pudra en la cárcel”.
Con Castro no ha
habido muro del silencio: los medios de comunicación están desplegando todos
sus recursos para asegurar una cobertura exhaustiva, con la única reserva, por
fortuna, del respeto debido a la intimidad de las víctimas y de sus familias.
El fiscal de
Cleveland apura las posibilidades legales y busca procesar a Ariel Castro por los
crímenes más odiosos, para causar la “debida” impresión en el jurado. Va a
acusarle de tres asesinatos, es decir, considerará personas en sentido jurídico
a los fetos abortados por su víctima y pedirá la pena de muerte.
Comprendo al fiscal
–aunque me opongo a la pena máxima--, pero advierto cierta incoherencia en su alusión
al carácter personal de esos fetos.
El estatuto personal no se les ha
reconocido a los cincuenta millones de fetos abortados en Estados Unidos en los
últimos cuarenta años. Desde el punto de vista del feto y su destino humano
cercenado, da igual que practiquen el aborto personal sanitario acreditado, un
carnicero sanguinario como Kermit Gosnell o un depravado como Ariel Castro.
Para las víctimas no hay diferencia entre unos y otros. A nosotros debería
pasarnos lo mismo, pero no parece ser así.
Si quien actúa es un criminal situado en el
punto de mira de la fiscalía y de la opinión pública estaremos ante un
asesinato.
Si el aborto se realiza para tranquilizar a padres atribulados (y
engordar la cuenta de resultados de las empresas del sector) y lo lleva a cabo
personal sanitario respetable, hablaremos de “interrupción voluntaria del
embarazo”, “regulación menstrual”, “reducción embrionaria” o de la “eliminación
del producto de la concepción”. Recurrimos al eufemismo para intentar ocultar tanta
sangre derramada.
Hay aquí mucha hipocresía y demagogia y poco respeto a la
vida de los concebidos y no nacidos. Según conviene, les negamos o les
devolvemos la condición de persona: la arrogancia se alía con la crueldad. Eso
sí, arrogancia y crueldad amparadas por la ley.