Leyendo ayer un breve artículo de Paolo di Stefano en Corriere Della Sera (“Il Catechismo, Bestseller Negato”), uno confirma la sospecha de que hay “bestsellers” que resultan invisibes en las listas de bestsellers. Y uno -poco proclive a ver tantas conspiraciones de las que tanto se habla- reafirma con todo la sospecha de que los analistas de este “mercado” tienen unos criterios un tanto particulares.
El artículo leído ayer abunda en esa sospecha, porque da la casualidad de que hace unos días hablaba con un librero romano de este mismo asunto, al observar –de nuevo la casualidad- que el “Compendio del Catechismo de la Iglesia Católica”, un librito de apenas 190 páginas, contando anexos, estaba entre los montones de libros “más vendidos”, pero no aparecía publicado en ninguna de las listas de libros más vendidos, ni en los principales periódicos, ni en los sitios de Internet que ofrecen ese servicio. La conversación con el librero no llegó más allá de constatar que lo que se llama “bestsellers” no significa siempre “libros más vendidos”, porque es ya una especie de género editorial que pretende ser vendido por el simple hecho de llevar puesta esa etiqueta.
Pero eso no aclara –como hace el artículo de Paolo di Stefano- que el Compendio del Catechismo sea en Italia el auténtico “best seller” indiscutido del verano. Este libro ha vendido, en poco más de dos meses, 625.000 ejemplares en Italia. Han sido 540.000 ejemplares en la edición de bolsillo (€ 9,50), y 85.000 en la edición “hard cover” (€ 19,50), que en realidad es "tamaño grande", porque las tapas son duras en ambos casos. Y estas cifras son bastante altas, por no decir muy altas, en un país de lectores como es Italia.
La pregunta que se hace Paolo di Stefano es doble. Por una parte, ¿es posible que Camilleri y Dan Brown, los que figuran en primer lugar, hayan vendido más de 625.000 libros entre julio y agosto? Y contesta que tal cosa no ha sucedido ni en sueños.
De ahí que el autor del artículo confirme que hay libros que, además de circular por los canales “standard” de venta, tienen otros canales de venta, que no son tomados en cuenta por los “observadores del mercado”. Esto es lo que ha sucedido, en el caso del “Catecismo”, como de ordinario sucede con otros libros. Porque circulan y se venden por canales y circuitos que no son “monitorados” por las empresas y los “expertos en ventas y sondeos del mercado editorial”, ya que para ellos no son canales “standard”, y por lo tanto sus datos “se escapan”, no existen a efectos de figurar en las “listas de ventas” que tales expertos elaboran.
La otra pregunta que se hace Paolo di Stefano es ésta: ¿cómo es posible que para una empresa que observa el mercado de los libros no se tenga en cuenta, por ejemplo, no ya, por ejemplo, las librerías especializadas, “religiosas” para el caso del Catecismo, sino otros lugares de venta (los supermercados e hipermercados, las tiendas en las áreas de servicio de las autopistas, etc.) en donde este mismo libro se está vendiendo como pan caliente.
De ahí que –dejando ahora aparte el caso del Catecismo- haya que preguntarse con Paolo di Stefano por la validez de los criterios de los “expertos”, capaces de “dejar escapar” tamaña cantidad de libros que circulan por el mercado, a la luz del día, no sólo en librerías, o en librerías especializadas, sino en supermercados y tiendas de autopistas. ¿Es que estos expertos de los “sondeos de ventas editoriales” no viajan en coche o no hacen compras en hipermercados? ¿Es que las ventas de libros en esos sitios no responden al tipo de lectores previsto por los expertos en ventas editoriales?
Ya se ve que las listas de ventas de libros no son universalmente fidedignas, pues basta comprobar que es raro que coincidan las que ofrecen varios diarios o revistas para una misma semana. Lo malo es que se trate de listas precocinadas, al gusto del periódico y en en beneficio del grupo editorial que publica ese periódico y esos libros que encabezan las "listas de más vendidos".
De todo esto nace una cuestión de largo alcance, de entrada para el mercado italiano, porque -se pregnuta Paolo di Stefano- ¿no será que la imagen más bien desoladora de los lectores de libros se fabrica con estos mismos mimbres?
Y si esto pasa en un país tradicionalmente “lector”, como es el italiano, ¿qué sucede en países con menor tradición de lectura, como son los de habla hispana?










1. Impresionante artículo. Queda decir de la Iglesia católica que pese a las condenas, "eppur si muove".
2. Ahora que lo pienso, tampoco he leído a la Biblia en el top 100 de los libros más vendidos.
3. Otra cosa: mejor que ser el más vendido, es ser el más leído.
Publicado por: Giovanni Lamarca | 15 septiembre 2005 en 02:08 a.m.
Como no sé bien por qué no aparece el texto del segundo comentario que haces, un minuto después del publicado, copio aquí el texto que me llega por email desde TypePad:
1. Absolutamente de acuerdo en que es mejor calidad que cantidad
2. Sé que uno escribe para que lo lean, pero sé de un escritor que escribe "para que lo quieran".
Paso ahora a agradecerte el inteligente comentario, en los cinco puntos que mencionas.
Tienes toda la razón: lo mejor es ser leído, aunque no está de más -dada la sociedad de la comunicación en que vivimos- que se sepa que alguien lee porque alguien compra. No vaya a ser que haya gente que piense que no vale la pena comprar un libro y leerlo, porque nadie lo compra...
Hoy también, por razones de consumo que ahora pueden dejarse aparte, se aprecia la calidad a través de la cantidad. Lo malo es que se hace "grosso modo": a lo "bestia", en vez de hacerlo de modo más bien racional.
Yo también sé de escritores que escriben "para que los quieran". Es algo que realmente no me convence, aunque me parece de lo más humano, en caso de soledad, o de tener no tan buenos amigos. Eso debe pasarle a Gabriel García Márquez, cuando dice que escribe "para que mis amigos me quieran más".
Publicado por: JJG Noblejas | 15 septiembre 2005 en 05:10 p.m.