En la medida en que se acercan elecciones políticas, se puede observar que los estadounidenses se preocupan mucho por la veracidad de lo que dicen y hacen los políticos y los periodistas.
En situaciones semejantes, en otras latitudes, no parece haber un interés semejante por la "verificación de hechos y de dichos" de unos y otros.
Para quien no sepa del asunto, es todo un regalo visitar sitios estadounidenses como el Politifact.com del St. Petersburg Times, o el FactCheck.org del Annenberg Public Policy Centrer de la Universidad de Pennsilvanya, o el The FactChecker del Washington Post.
Y es un regalo ver ahí cómo se evalúan lo que dicen y hacen los políticos en los medios. Por ejemplo, si las opiniones tiene que ver con la realidad de las cosas, si tienen fundamento in re o dejan de tenerlo.
Porque una opinión no es intocable por el mero hecho de ser un "hecho" que alguien ha "dicho" tal cosa. Con independencia de la presunta sacralidad de los hechos y la libertad de opiniones (¿es esto un hecho, o una opinión?), sigue vigente aquello de que "del dicho al hecho hay un gran trecho". Y es de agradecer que haya gentes que se ocupan de hacer ver semejante trecho.
Como digo, pienso que sería magnífico que alguien hiciera algo semejante en otras latitudes. A no ser que, en un lugar como España, por ejemplo, ya no queden medios o instituciones suficientemente autónomas para poder hacer un trabajo semejante.
DE todos modos, lo que me parece relevante en esas instituciones de fact-checking es la verificación de la fundamentación de las opiniones políticas que unos tienes respecto de otros, en la contienda electoral.
Es decir, en lo que, desde el punto de vista periodístico, es pura opinión interesada y pura propaganda no menos interesada.
Periodismo de información, periodismo de opinión y propaganda periodística.
Aunque hoy no se distinga bien entre "datos" y "hechos", lo más relevante es la condición más o menos natural o artificiosa de lo que se presenta como "hecho" o "dato".
De ahí que la "verificación de hechos" (traducción del fact-checking anglosajón) o de datos sea desde siempre relevante para el llamado periodismo de información.
No se trata ahora de razonar diferencias entre el periodismo de información y el periodismo de opinión y la propaganda. Se trata de ver que tiene mucho interés una "verificación de datos o hechos" en el periodismo de opinión y en la propaganda periodísticas, hoy día no muy lejanos entre sí.
Los datos no tienen sentido si son considerados como meros "hechos presuntamente mostrencos". Los "hechos", lejos de merecer la adoración propia de lo sagrado, exigen ser explicados y valorados conforme a razón.
Y si bien es cierto que es muy deseable la presencia de fact checkers en los medios informativos, no es menos imprescindible la tarea de quienes (por decirlo con expresión semejante) trabajan como fact assemblers, y -sobre todo- fact explainers.
Quiérase o no, eso hacen los periodistas y los dueños de los medios tradicionales (la red es algo distinta), lo mismo que hacen los jefes de las campañas electorales políticas.
De eso se ocupan los “coordinadores editoriales” en los partidos políticos, y en los grupos multimedia, buscando el sesgo favorable a determinados hechos o fabricando -sin más- sucesos para convertirlos en acontecimientos igualmente favorables.
También se ocupan esas gentes de convertir a las personas y a las ideas políticas (ambas cosas muy nobles y dignas) en algo muy cercano a meros productos de mercado. De oferta y demanda, de compra y venta.
Para lograr el máximo beneficio de ventas, la máxima clientela en el mercado del voto, cuando hablan los políticos y los medios, a veces toman en cuenta el sentido que los sucesos tienen, aunque más bien suelen seleccionar (o fabricar) los sucesos según el wishful thinking de los propios intereses, o de la propia ideología.
Así nacen determinados "hechos" públicos (o al menos "publicados"), que luego se convierten en estrictos "acontecimientos" sociales.
Por tanto, no está de más saber acerca del fundamento in re de las opiniones y de la propaganda. Sobre todo, en tiempos de jugadas electorales para lograr meter goles al contrario o para marcarse faroles que le adornen a uno.










Comentarios