Urge democratizar los partidos democráticos
Lo que leo del estado de las cosas políticas en la península ibérica me lleva a pensar -así, como en un pronto- que lo que urge entre los españoles es democratizar de verdad los partidos democráticos.
Porque quizá con excesivo volunatrismo ya se da por supuesto que los partidos -por el mero hecho de ser tales- ya son democráticos. Y por tanto, con ellos progresará, avanzará, quedará garantizada o lo que sea, la vida democrática.
Sin embargo, no pocos comentaristas acaban de escribir acerca de la ausencia de democracia interna y externa en esas organizaciones y en sus líderes máximos (sólo esta última expresión, de tintes castristas, tiende a poner los pelos de punta).
Leo, por ejemplo, ayer, en La Repubblica, un artículo de Joaquín Navarro-Valls, columnista habitual de ese diario italiano, que reclama simplemente que Zapatero mencione y ponga en juego la palabra y la noción de "democracia" en su discurso. Nada más y nada menos.
Estas son algunas frases que llaman la atención, desde una perspectiva como la italiana, en la que la vida política se vive de un modo que contrasta con el hispano. Las cosas no van bien cuando la esperanza se pone en que -entre las ideas que dice tener y vender Zapatero- vuelva a aparecer la de democracia:

El artículo (originalmente en $) puede descargarse aquí en formato .pdf
Leo un artículo de José Luis Hernandez Quirós, en el que plantea esta ominosa cuestión: ¿Hay energía moral en la sociedad española para oponerse a las simplezas de ZP?
Y comenza así:
Los dirigentes de los partidos, encelados en su empeño por acrecentar la clientela, pueden llegar a confundir los límites de su organización con el sistema mismo. Muchos querrían que su partido no fuese una parte sino el todo. Los partidos nacionalistas incluyen esa aspiración en su ideario, porque ni siquiera pueden concebir que un buen patriota no les vote, pero el mal es más general.
Zapatero se ha descolgado el domingo con un discurso de clausura de su Congreso que, además de destilar una autocomplacencia sin límites, incurre plenamente en el error de principio de identificar a su partido con la democracia. (...)
Hay más y más, pero no quisiera abundar en las sombras del panorama. Ni siquiera con el ejemplo -a contrario- del diario curiosamente llamado El Plural, que resulta ser de una singularidad única e inexorable en loor de Zapatero forever.
Leo por último, acerca de Montserrat Nebrera,
política catalana a quien no tengo el gusto de conocer, y de quien no
tenía noticia hasta hace unos días. Me la señaló un amigo, y me pidió
que escribiera algo sobre ella, ante el congreso catalán del PP. No lo
hice, entre otras cosas porque no me termina de atraer el manejo de los
partidos españoles, pero leí -en su blog- su a modo de autobiografía, y me llamó poderosa y positivamente la atención. Me encontré -rara avis- ante una persona consciente de sus deberes cívicos.
Luego he leído que ha ganado moralmente el Congreso frente al rodillo oficialista:
43,28% de los votos frente al 56,72% de la candidata marianista, Alicia Sánchez Camacho, que no es una candidata de consenso, sino una funcionaria de Génova 13, sin el menor liderazgo. Obtener casi la mitad de las papeletas en un congreso con una elevadísima proporción de paniaguados, apesebrados, caciquejos y pactistas por vocación moral es un triunfo en toda regla.
Y, ya puestos a la intriga por el personaje, me topo de frente al artículo que mi amigo Juan Manuel de Prada le dedica: Nebrera y los gregarios. En él leo que ésta,
para explicar su resistencia al cambalache ha pronunciado una frase de estirpe ciceroniana: «No existe vida más allá del honor».
Montserrat Nebrera merecería mucho más que ganar un congreso político; ella merecería por lo menos protagonizar una novela de Henry James.
La mayoría de los políticos de nuestra época no darían argumento ni al prospecto en el que se explica el funcionamiento de un electrodoméstico...
Y el caso es que, sabiendo de Montserrar Nebrera -a quien sigo sin conocer, ni saber qué futuro político tiene, me he quedado como esperanzado acerca de la democracia en Cataluña, España y allende las fronteras...
Que un político no ignore ni le tenga miedo -es más, que apele al honor- es toda una promesa de democracia. Porque son las personas concretas las que siguen haciendo las cosas que decimos que hace falta que alguien las haga.
Con esto contestaría afirmativamente a la pregunta de José Luis Hernandez Quirós, acerca de las existencias de energía moral en la sociedad española. Incluso para algo más que oponerse a las simplezas de ZP.
Otra cosa es que las tecnoestructuras políticas dejen salir a la luz esas energías, de suyo poco controlables a gusto y placer de quienes carecen de ellas... A ver.



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