Sobre el particular escribí una anotación aquí, Personas y ciudadanos: ser "alguien" antes de ser "algo": objetores contra la "Educación para la Ciudadanía" [+ Actualiz.]. Y mantuve un diálogo con un posible futuro profesor de EpC, que consideraba aceptable y razonable la materia en sí misma, aunque no hablaba del modo en que era "ofertada" por el Ministerio.
Por si resulta de interés, subo aquí lo que está en los comentarios de esa anotación. Como no tenía tiempo, resulta larga la comparación entre esta EpC y la "Formación del Espíritu Nacional" que -como muchos otros, hoy de todo pelaje ideológico- tuve que aprobar en tiempos franquistas:
Recibo de un lector este cometario, bien pensado y escrito:
Al respecto de EpC creo que se está haciendo un flaco favor a la verdad. Se ha exagerago tremendamente el tema y la CEE está quemando todos sus cartuchos en algo sin importancia. La gente, no sólo la de a pie, sino periodistas y educadores creen que el currículum de la asignatura es incompatible con la fe cristiana. Muchos medios se pasan el día recordándonos lo de 'Alí Babá y los...', (por eso me dio pena verlo aquí también), y eso no es más que un hecho aislado en un contexto muy concreto y ultrapolitizado.
Tengo la continua sensación de que en la iglesia española se está perdiendo la libertad evangélica, que se lucha más contra la política de Zapatero que por evangelizar. Es un juicio duro, pero al ver la virulencia del debate y el tono personal con que algunos se lo están tomando pues da que pensar.
Yo soy profesor de religión, seguramente imparta EpC, tengo ya el libro, y me parece estupendo su contenido. Claro, insuficiente para formar personas, para eso hay más asignaturas como Religión, Filosofía, Ética, y ofertas de crecimiento en la fe y como persona (al menos en mi centro). Pero esta asignatura viene a completar un vacío en la educación.
Creo que en los centros católicos se puede coordinar perfectamente con el resto de asignaturas de Humanidades para llegar a formar el perfil que deseamos para el alumno.
Le contesto diciendo:
(...) He de decir que no sigo de cerca lo que aparece en la prensa española sobre esta asignatura obligatoria de EPC. Por tanto, tampoco sé bien qué cartuchos quema la CEE al respecto.
Personalmente este asunto me produce algo parecido a lo que -en su momento, hace ya tiempo- me produjo el tener que examinarme de "Formación del Espíritu Nacional" al hacer las entonces llamadas reválidas del Bachillerato. Algo que -según veo al buscar en google- ocurre a otros también, como Josep Miró i Ardèvol o a Enrique Ujaldón. Ya sé que quizá la comparación de esta EPC con aquella FEN puede parecer una exageración, porque entonces estaba vigente (digámoslo con el maniqueísmo al uso) el maldito franquismo, y ahora está la bendita democracia, ahora administrada por manos socialistas... Seguro que Zapatero y su equipo son demócratas y llenos de buenas intenciones para el bien común, pero -por lo que se deja ver- no dejan de tener al tiempo, algo más de un gen de mentalidad totalitaria en su genoma de equipo de gobierno. Y lo que me repugna es precisamente esa mentalidad, aunque aparezca vestida con guante de seda democrática.
Decía que hace tiempo tuve que examinarme de FEN. Sólo examinarme, porque, por fortuna, la enseñanza de esa materia brilló siempre por su ausencia. No hubo nada que pudiera ser considerado ni de lejos 'lavado de cerebro' y por lo común, se dejó al buen albur de cada uno decir lo que quisiera en los exámenes escritos. Probablemente, nadie los corregía. En cualquier caso, no había en aquellas circunstancias ningún "ensañamiento pedagógico" al respecto.
Digo que algo semejante a esto de la FEN sucede con el planteamiento de la EPC, pero con la diferencia de ver un algo de aquel "furor pedagógico" entonces inexistente. Algo semejante hay, desde luego, porque esta materia -si no me equivoco- se plantea, según parece, como obligatoria, y con problemas de avance en los estudios si ni se cursa o se aprueba, según amenazas que surgen por un lado u otro (JA Marina, la Consejería de Educación de Castilla-La Mancha, etc.). Pero, además de lo dicho, este asunto es a la vez algo no tan semejante, por algunas razones, dichas así de pronto.
La primera, porque todo el mundo sabía que aquello de la FEN no era una materia "seria", ni importante, ni digna de estudiarse: era, junto a "religión" y "deporte", la tercera asignatura "maría", la más "maría" de las tres "marías". Parecía más bien -como la gimnasia o el "deporte"- un modo pacífico de colocar y remunerar con un pobre sobresueldo como profesores a algunos franquistas con tiempo de servicio genérico a la causa, y quizá en paro laboral.
La segunda, porque -insisto- era una asignatura con pública patente de asunto marginal: era algo al margen del genuino curriculum. Nadie perdía curso o cosa semejante por no examinarse, y lo normal era el consabido "aprobado general", etc.
La tercera, porque era claro que se trataba de "infundir" en los estudiantes el "espíritu nacional" vigente en la cabeza de los gobernates. Pero se trataba de una infusión que venía muy desvaída, debido al matiz de las dos razones previas.
Con la EPC, pienso que hoy está en juego un asunto que no se presenta como "marginal" a ojos de nadie. Y -curiosamente- se presenta como carente de cualquier apariencia de pretensión de "infundir", orientar o -en román paladino- marcar o manipular la mentalidad de los estudiantes. Y si a algunos nos lo parece, resulta que -desde el Ministerio, o desde JA Marina y demás, etc.- llegan voces oficales y oficiosas que dicen que la "marca" que se trata de poner en los estudiantes es 100% natural, limpia, buena, o -si no es buena- en cualquier caso inocua. Nunca nada de naturaleza problemática, forzada, o sin más (lo digo para termiar sin alargar más estas líneas a vuelapluma) orientada hacia la promoción de un tipo de "ciudadanía" en la que la tolerancia se confunde con el relativismo, y el bien común termina dependiendo de la mano oculta o mejor, "invisible", como diría Adam Smith, que sacará bienes comunes de los egoísmos individuales fomentados en la cidadanía de la colmena social.
No, gracias. Ese ciudadanismo de raices racionalistas ni es republicanismo ni liberalismo, porque de entrada eso no es una práctica cívica.
Si se toma en consideración los alcances de la "verdad práctica" filosófica, cabe entender la coexistencia de una pluralidad de doctrinas "verdaderas" incompatibles entre sí. Esta postura supone una apuesta que va más allá del pluralismo de doctrinas (religiosas, filosóficas y morales) meramente "razonables", incompatibles entre sí, tal como lo presenta el liberalismo político de John Rawls.
Hay muchas razones para no aceptar sin más la legitimidad de una EPC que va mucho más allá de lo que pudiera ser considerado un manual de "buenos modales" ciudadanos. Porque si se trata de "la" única educación ciudadana disponible, de entrada presenta visos de absoluto y necesario, visos muy poco prácticos y decidibles, desde un punto de vista cívico y político, sea de corte republicano o de corte liberal.
Sin hacer aquí un largo recurso a la filosofía práctica, y sin por eso hacer tampoco la menor concesión al escepticismo, tiendo a pensar como lo ha hecho un renovador de la filosofía práctica como es Fernando Inciarte, cuando dice que “la inextricabilidad de verdad y no-verdad (a no ser que se tratara de una fe verdadera, pero entonces ya no sería verdad humana), esa inextricabilidad no es una carta blanca para no seguir buscando la verdad; es más bien, al contrario, el mayor acicate para seguir buscándola; para no tumbarse sobre falsos laureles; para no dejarse llevar por el peor de los vicios, por la pereza del corazón”.
Por eso, por ejemplo, encontramos que también advierte Lourdes Flamarique al hablar del pensamiento de Fernando Inciarte, que, frente a la concepción moderna y abstracta de la razón, Inciarte propone la recta ratio, una razón corregida, vital. Esta —y no la razón sin más— es responsable de nuestras acciones logradas porque decidir sobre el bien es decidirse prácticamente por el bien; supone en definitiva retrotraer la pregunta por el bien —de suyo inútil y vacía— a la pregunta por el modo adecuado de decidirnos, “porque sólo el que se decide deliberadamente, sin dejarse llevar por los vientos de la opinión, de la costumbre, del placer, etc., etc., es capaz de dar con el bien, sea éste el que sea”.
Dice también Fernando Inciarte que tampoco cabe pensar que nuestros conceptos constituyen la realidad según una especie de constructivismo conceptual. “El republicanismo como constante histórica no es ni una realidad de por sí, ni es una vaga serie de rasgos de familia unidos sólo por el uso correcto de una palabra. Ni en realidad se reduce a una sola interpretación, ni sus múltiples interpretaciones posibles son plenamente definibles o aceptables; pero tampoco depende de convenciones pragmáticas el aceptarlas o rechazarlas, y su margen de variabilidad, por más que sean indefinibles, no es ilimitado, puesto que también la realidad histórica se ha formado con anterioridad a nuestras teorías sobre ella. El concepto no miente, pero no es más que una abstracción, no una copia fiel de la realidad, cosa imposible. De ahí la necesidad de una continua investigación y reflexión también sobre las realidades históricas. Porque aunque ya hayan pasado, nunca pueden conocerse de una vez”.
Dicho de otra manera, que quizá pueda parecer a alguno "confesional", por tomar palabras de Juan Pablo II, sucede que sin una verdad trascendente, triunfa siempre sin más la fuerza del poder, utilizado en todas sus virtualidades para hacer prevalecer los propios intereses u opiniones, sin ningún respeto real por nada ni -sobre todo- por nadie. "El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente -afirma Juan Pablo II, una de las escasas autoridades universales públicamente reconocidas en este asunto-, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión sin respetar los derechos de los demás" (Centesimus annus, nº 44). Y en otro lugar añade: "el derecho al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez más como fundamento de los derechos de la persona, considerados en su conjunto. De este modo, el sentido más profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así como el respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna" (Veritatis splendor, nº 31).
Seguir hablando de la conciencia y su formación sería demasiado. Gracias por soportar estos párrafos en pro de la verdad y la libertad, ante los básicos problemas que vienen con el relativismo proclamado como materia de obligatorio estudio y -esperemos que no lo sea- obligado cumplimiento, una vez integrado como si fuera el mínimo común denominador vital.
Ánimo (...) con la asignatura, porque -por lo leído sobre ella- me da la impresión de que no está pensada como si fuera simplemente una visión más, discutible y razonable, junto a otras posibles visiones alternativas del ser humano, algo que los alumnos pudieran o tuvieran que contrastar por sí mismos, dentro de la misma asignatura (sin tener que poner juntos a discutir ante los alumnos a los profesores de EPC, religión, ética, o estética...). La impresión es que con la EPC y sus manuales, casi todas las cosas que atañen a la conciencia ya vienen dadas por contrastadas y bien contrastadas, y se presentan como atadas y bien atadas, sin libre discusión razonada.
La trascendencia real no es algo que sólo pertenece al ámbito privado, individual, como plantea la mentalidad laicista y quiere imponer la política de igual signo. Tiene -como tenemos todas las personas- presencia y relevancia pública.