5 entradas en la categoría "Jaime Nubiola"

11/06/2007

Ha fallecido el filósofo Richard Rorty, un pragmatista campeón del relativismo (J. Nubiola)

RichardrortyEl filósofo Richard Rorty ha fallecido el pasado día 8 de junio. Me entero por la prensa: Richard Rorty, un filósofo irónico y provocador (El Mundo), Richard Rorty, Philosopher, Dies at 75 (NY Times), Richard Rorty, 75; Leading U.S. Pragmatist Philosopher (Washington Post).

Leo también, entre el aluvión de textos apresurados sobre Rorty, la nota de Tod Gitlin, Richard Rorty, 1931-2007, y la breve necrológica en First Things, Richard Rorty, R.I.P, y también Richard Rorty, Popular Philosopher and Champion of Pragmatism, Is Dead at 75, en el blog de The Chronicle of Higher Education.

Entre las muchas cosas que, a tenor de lo visto, sin duda se dirán durante los próximos días, a propósito de su pensamiento, es más que probable que queden desdibujadas las fronteras entre el pragmatismo y el relativismo. Rorty -simpático y zumbón- pensaba más bien de modo relativista.

Rorty no forma parte de la gran tradición del pragmatismo pluralista y no relativista que va desde Peirce, James o Dewey hasta Quine o Putnam y (en el ámbito hispánico) el mismo Jaime Nubiola, a quie cederé la palabra a renglón senguido.

Rorty, en buena parte entroncado con este pragmatismo básico, más bien se encuentra entre los pensadores netamente relativistas. Es un pragmatismo llamado tanto "revolucionario" como "vulgar", que se caracteriza por abandonar las nociones de objetividad y de verdad. Rorty renuncia a la filosofía como búsqueda y simplemente aspira a continuar la conversación de la humanidad.

Dejo la palabra a Jaime Nubiola, entresacando algunos breves párrafos de su riguroso y documentado ensayo Pragmatismos y relativismo: C. S. Peirce y R. Rorty:

-- Richard Rorty, autor de La filosofía y el espejo de la naturaleza de 1979 fue tan revolucionario en el seno de la tradición analítica como lo había sido La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn en el ámbito de la filosofía de la ciencia positivista. Rorty culminaba su exposición defendiendo la disolución de la filosofía académica en las diversas formas de conversación de la humanidad, en el arte, en la literatura y demás.

-- El rechazo de la búsqueda de la verdad bajo la acusación de que eso no es más que un sueño dogmático cientista y la simultánea apelación a John Dewey y al pragmatismo clásico en apoyo de esa posición, es una total tergiversación de la tradición pragmatista. Por eso, no es desacertado -como hace Haack- calificar al pragmatismo de Rorty como "pragmatismo vulgar".

-- El pragmatismo literario postfilosófico que defiende Rorty aspira sólo a "continuar la conversación", declara que "verdadero" viene a significar aproximadamente "lo que puedes defender frente a cualquiera que se presente", y que "racionalidad" no es más que "respeto para las opiniones de quienes están alrededor".

-- Si tomamos en serio los pronunciamientos más radicales de Rorty (...) su posición llega a ser la de que las ciencias no presentan verdades objetivas sobre el mundo. "¿En qué difiere el tener conocimiento del hacer poemas o del contar historias?", se pregunta retóricamente. "La ciencia como la fuente de la 'verdad' -escribe en Consequences of Pragmatism- es una de las nociones cartesianas que se desvanecerán cuando se desvanezca el ideal de 'filosofía como ciencia estricta'".

-- [Para Rorty,] lo que hacen los científicos es simplemente presentar teorías inconmensurables y eso constituye su conversación, del mismo modo que los géneros y producciones literarias sucesivas constituyen la conversación literaria.

Descanse en paz.

A diferencia del pensamiento de Rorty (y no es un matiz sin importancia de la filosofía pragmatista frente al relativismo), recuerda Jaime Nubiola en su clarificador ensayo, que "un pragmatismo pluralista sostiene -con Hilary Putnam- que no hay algo así como una versión privilegiada del hombre y del mundo que es la que la Ciencia nos ofrece, sino que las ciencias son actividades humanas cooperativas y comunicativas mediante las que los seres humanos progresamos realmente, aunque no sin titubeos ni errores, en nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Tal como veo yo las cosas, el pluralismo no relativista que defiendo no sólo es uno de los mejores resultados de la investigación científica contemporánea, sino que además es el requisito indispensable para una organización social realmente democrática".

Tiene fuerza y sentido pensar lo dicho por Nubiola sobre el pragmatismo no relativista en asuntos de política. Porque la posición relativista de Rorty queda patente como un deriva concreta del pragmatismo, no identificable con éste. Puede verse, por ejemplo, en lo dicho hace unos años en "The Next Left", una entrevista en The Atlantic, a propósito de la publicación de su libro Achieving Our Country: Leftist Thought in Twentieth-Century America (1998), en el que habla por extenso de Dewey y Whitman, y de lo que le interesa de ellos:

I think that if there's anything distinctive it's the thoroughgoing secularism of Dewey and Whitman, which is described in my book. There's no God, no reality, no nothing that takes precedence over the consensus of a free people. What I like about Dewey and pragmatism is the anti-metaphysical claim that there's no court of appeal higher than a democratic consensus. It's the same idea Jurgen Habermas has been putting forward for the last thirty years in Germany, but we did it first.

Descanse y dialogue en paz, más allá de un consenso democrático.

17/06/2006

Nubiola sobre el DVC: "Taquilla e imaginación: seducir a la audiencia"

Ayer traía a colación a Frank Capra, uno de los destacados autores de películas estimulantes y conmovedoras, capaces de dar a sus espectadores la esperanza y la fuerza y riqueza propias del espíritu humano.

Hoy me advierte Jaime Nubiola de que su reflexión sobre el fenómeno del Código da Vinci, aquí mencionada el pasado 29 de mayo, hoy se publica en La Gaceta de los Negocios: es el momento de ofrecerla a los lectores de este blog. Quisiera destacar de entrada algo que dice en el último párrafo:

"La única manera que esta sociedad tiene de salvarse —me decía un joven escritor español que vive en Dinamarca— son las buenas novelas, las buenas canciones, las buenas películas". Cuando al salir del cine el espectador se siente con esperanza, con ilusión por cambiar el mundo, por ser un poco mejor y por querer a los demás, es señal infalible de que la película que acaba de ver era buena. Esto se logra con arte, valentía, pasión e imaginación.

Este es el texto completo:

Taquilla e imaginación: seducir a la audiencia

En los próximos años los libros de marketing estudiarán con atención el fenómeno Da Vinci. En su primer fin de semana la película consiguió recaudar 232 millones de dólares en todo el mundo. Al parecer ha sido el estreno más taquillero de la historia después de La guerra de las galaxias III: La venganza de los Sith del pasado año. "El Código Da Vinci seduce a la audiencia china", "El Código Da Vinci arrasa en Caracas", "El Código Da Vinci bate todos los récords en Portugal", han repetido monótonamente los titulares de prensa de cada país. Faltan todavía los ecos de la India, donde se estrenó una semana después tras introducir un texto advirtiendo que la película es ficción y que cualquier semejanza con la realidad es una coincidencia no intencionada. El éxito comercial del estreno ha sido tan grande que los productores han contratado ya al guionista Akiva Goldsman para que prepare una continuación de la película a partir de la novela anterior de Dan Brown Ángeles y demonios.

El éxito de taquilla contrasta de modo llamativo con la opinión de los críticos de cine de todo el mundo que, desde el New York Times hasta El País, han calificado la película unánimemente como un tostón insoportable, excesivamente larga y mal aderezada. Sin embargo, de cada cuatro personas que fueron al cine en el primer fin de semana, tres vieron El Código Da Vinci. La razón principal que dieron fue la tan manida de que "hay que verla para poder opinar". Al salir del cine la opinión mayoritaria era un poco más benévola que la de los críticos, pero nadie mostraba el menor interés por volver a verla. Todo esto es trivial: la polémica vende, la controversia llama la atención, hace que el espectador pique en el anzuelo hasta sentirse obligado a ir a verla para poder comentar sus impresiones y, sobre todo, poder decir que la ha visto. Se trata de un puro fenómeno mediático, de un negocio inteligentemente montado por verdaderos expertos de marketing.

En cambio, no resulta trivial, sino muy preocupante, la reflexión sobre el profundo carácter anticristiano de la película, la relación de esto con su éxito y los efectos previsibles sobre su audiencia. La película de Ron Howard reproduce servilmente la novela original, cuyo argumento se basa en la sospecha sistemática contra el núcleo vital de la religión cristiana que reducía a una patraña. Brown podía haber hecho una novela de intriga y de misterio sobre muchas otras cuestiones, pero no fue así y parece ser ésta una de sus claves. Atacar a la Iglesia católica genera polémica, atrae siempre la atención de propios y extraños.

Sin embargo, me parece que nos hallamos ante un fenómeno de un calado todavía mayor. En El Código da Vinci la 'cultura mediática' —que parecía haber superado la religión— pone todos sus recursos al servicio de una tarea corrosiva de la tradición cristiana. Es algo realmente sorprendente que quienes defienden una cultura liberal y tolerante, ataquen lo que dota de sentido a la vida de cientos de millones de ciudadanos del mundo. ¿Por qué un ataque tan burdo al cristianismo? Algunos pensarán quizá que es simplemente un negocio oportunista de personas sin convicciones, pero me parece que es más bien expresión inequívoca de algo mucho más básico y grave: buena parte de la 'cultura mediática' contemporánea —quizá la parte más visible— va contra la Iglesia y sus enseñanzas. De inmediato conviene aclarar que "ir a la contra" implica siempre una clara dependencia. Esta llamativa hostilidad es una señal de que la cultura mediática depende misteriosamente de la Iglesia; más aún, de que necesita de la Iglesia y de los cristianos y quizá por ello ataca sus convicciones más íntimas.

Después de ver otras películas en semanas sucesivas, la mayoría de quienes vieron El Código en su estreno, olvidarán buena parte de la complicada trama, pero muy probablemente conservarán en su memoria un regusto amargo de desconfianza hacia la Iglesia católica. Ahí está el problema a largo plazo. Para restañar el efecto corrosivo de esta película hay que ver otras películas capaces de regenerar la imaginación de las audiencias. Por esto, el aburrimiento de El Código da Vinci me parece, sobre todo, una invitación y un desafío a quienes trabajan en el mundo del entretenimiento a dar rienda suelta a su imaginación para llegar a cambiarlo por completo. Aparte de las razones técnicas señaladas por los críticos, El Código es aburrido, porque —como enseña la filosofía— las antítesis nunca son creativas.

Nuestra cultura necesita jóvenes creativos y audaces, con corazón e imaginación grandes, para escribir las buenas películas del siglo XXI. "La única manera que esta sociedad tiene de salvarse —me decía un joven escritor español que vive en Dinamarca— son las buenas novelas, las buenas canciones, las buenas películas". Cuando al salir del cine el espectador se siente con esperanza, con ilusión por cambiar el mundo, por ser un poco mejor y por querer a los demás, es señal infalible de que la película que acaba de ver era buena. Esto se logra con arte, valentía, pasión e imaginación. Estas películas necesitarán también un buen marketing y quizá un poco de polémica para atraer la curiosidad de los indiferentes: lograrán quizá batir el récord de taquilla y, sobre todo, nos ayudarán a ser más felices porque alimentarán nuestra imaginación.
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*Jaime Nubiola es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es)

02/12/2005

A propósito del catalán y el español: sobre el uso de palabras, lenguas y realidades cívico-políticas

Publica hoy Periodistadigital un desdichado artículo periodístico escrito meses atrás en “Avui”, emblema de tan escasa educación cívica como sentido de la medida, acerca de la espinosa cuestión de la identidad lingüístico-política catalana. Quien escribe el desatino dice sin un mínimo de gracia, elegancia o autoironía, que la lengua española "es de pobres y de horteras, de analfabetos y de gente de poco nivel".

Como se observa, la presente anotación está escrita por un pobre hortera analfabeto, gente de poco nivel. El texto que a continuación reproduzco, enviado por un amigo y colega como es Jaime Nubiola, siguiendo la misma lógica, también debe estar escrito por otro pobre hortera analfabeto y gente de poco nivel, puesto que está escrito es español. Sucede que el profesor Jaime Nubiola es catalán de muchas generaciones, y además es una persona culta, ilustrada y pragmática, y entre otras cosas, Director del Grupo de Estudios Peirceanos, un Grupo académico ejemplar en el estudio del uso del lenguaje.

Por eso, en vez de leer en "Periodistadigital" lo dicho por el articulista de “Avui”, animo a cambiar de sintonía intelectual y de lenguaje, de "framing" y estrategia de comunicación, y leer el estupendo texto que envía Jaime Nubiola. Está escrito a propósito del sentido de las palabras y del lenguaje, en relación con las recientes diatribas sobre la mencionada cuestión de la identidad lingüístico-política catalana:

Jaime Nubiola: La hucha de las palabras

En estas semanas se suceden en nuestro país las agrias descalificaciones mutuas de los políticos. En algunos casos las argucias verbales resultan ingeniosas y hacen sonreír, pero la mayor parte de las veces toda esa agresividad nos parece a los ciudadanos de a pie un espectáculo lamentable. La escena política trae a la memoria el griterío de un patio de colegio, las gradas de una confrontación futbolística de equipos rivales o la airada discusión de una comunidad de vecinos mal avenida. En contraste con esto, todos miramos por el rabillo del ojo y con secreta admiración la colaboración en Alemania de los dos grandes partidos para la formación de un nuevo gobierno. Sin duda, resulta urgente regenerar el espacio de la comunicación política en nuestro país: un ambiente de confrontación sistemática y de injustos ataques a las personas e instituciones erosiona gravemente la convivencia social y torna imposible el trabajo de quienes deben llevar la sociedad española a un futuro mejor.

No sin una notable dosis de ingenuidad, se dice a veces que las diferencias son meramente semánticas, esto es, que surgen de un mero desacuerdo en las palabras y que, con un poco de buena voluntad y de habilidad verbal, podrían probablemente eliminarse. En esta dirección parecía moverse la propuesta del presidente del Gobierno cuando decía tener ocho fórmulas posibles para reinterpretar el proyecto de Estatuto, aprobado por el Parlamento de Cataluña el pasado 30 de septiembre, en el que se proclama que "Cataluña es una nación". Zapatero se declaraba optimista y explicaba que hay una mayoría de catalanes que "sienten Cataluña como nación" y una mayoría de españoles que "siente que la única nación es España" y que la solución pasa por "encontrar una fórmula compatible con todos". Altos cargos del partido en el Gobierno sugerían que expresiones como "comunidad nacional", "entidad nacional", "realidad nacional" o artificios como el de calificar a España como "Nación" con mayúscula y a Cataluña como "nación" con minúscula, podían ser la fórmula de la concordia que acogiera mágicamente sentimientos tan encontrados de unos y de otros.

En esos mismos días de confrontación política me tropecé con una luminosa metáfora que puede ayudar a entender mejor la profundidad del problema que las diferencias de palabras encierra. Estaba leyendo el impresionante testimonio de las cartas del científico ruso Pável Florenski a su mujer y a sus hijos, escritas entre mayo de 1933 y junio de 1937 desde diversas prisiones y campos de trabajo del Gulag siberiano, cuando encontré las recomendaciones que hace desde Ksenievskaia en noviembre de 1933 a su hija Olechka: "Me preguntas si debes estudiar botánica. En verdad, si el tiempo y las fuerzas te lo permiten, trata, si no de estudiar, al menos de prepararte para esos estudios: contempla más a menudo las ilustraciones de los libros de botánica, comparando las plantas reales con las dibujadas, trata de comprender el estilo de la especie, es decir, la unidad artística y biológica que constituye su base. Por último, debes ir aprendiendo cada vez más nombres de plantas y de tal manera que no sean nombres vacíos, sino huchas en las que se atesoren las informaciones sobre la vida, las propiedades y las utilidades de las plantas designadas con estos nombres. Cuanto más ricos sean tus conocimientos, aunque desordenados, sobre cada una de las plantas, más fáciles e interesantes serán en el futuro tus estudios de botánica".

Al leer este pasaje quedé deslumbrado por la sugestiva imagen de las palabras como huchas llenas de monedas de conocimiento. Me pareció que en esa metáfora se cifra una rica filosofía del lenguaje que puede ayudarnos a entender también la actualidad política de nuestro país. Las palabras valen tanto cuanto atesoramos en ellas. Por eso vale tanto el nombre de las personas y por eso los enamorados no cesan de repetir el nombre de la persona amada. Además, como es fácilmente comprensible, el valor de las palabras crece conforme van incrementándose los conocimientos que mediante ellas poseemos. Por eso Florenski recomendaba a su hija que no aprendiera simplemente listas de nombres de plantas, sino que procurase llenar cada nombre de información: todos tenemos bien comprobado que esa es además la mejor manera de no olvidarnos de los nombres.

Por otra parte, como el vocabulario es social, una misma palabra vale distinto para cada comunidad e incluso para cada persona según la cantidad y calidad de información que haya sido capaz de reunir en ella. No sólo "Cataluña" no significa lo mismo para los catalanes que para la generalidad de los españoles, sino que incluso significa algo distinto para cada uno de los catalanes de la misma manera que "madre" o "mamá" tienen resonancias distintas en cada uno. Estas palabras atesoran una gran valor emocional y resulta del todo indispensable valorar debidamente esas diferencias. Entender que las palabras son huchas de información lleva a advertir con claridad que no valen todas lo mismo y que, por supuesto, no vale lo mismo una hucha llena que una hucha vacía. Pensar que las palabras son intercambiables unas por otras es pensar que todas ellas son simples huchas vacías, como aquellas, todas iguales, que en mi infancia nos daban para las colectas del Domund o la cuestación contra el cáncer.

Las metáforas iluminan aspectos de las cosas. La producción de nuevas metáforas es el ámbito de los poetas, los publicistas y algunos políticos imaginativos. Las metáforas creativas confieren sentido a nuestra experiencia: proporcionan una estructura coherente, destacan unos aspectos y ocultan otros. Son capaces de crear una nueva realidad, pues contra lo que comúnmente se cree no son simplemente una cuestión de lenguaje, sino un medio de estructurar nuestro sistema conceptual, y por tanto, nuestras actitudes y nuestras acciones. Las palabras por sí solas no cambian la realidad, pero los cambios en nuestro sistema conceptual cambian lo que es real para nosotros y afectan a la forma en que percibimos el mundo y al modo en que actuamos en él, pues actuamos sobre la base de esas percepciones.

La discusión del Estatuto de Cataluña plantea con toda crudeza la necesidad de repensar el espacio de convivencia común, esto es, de aclarar que queremos decir cuando usamos la expresión "ser una nación". El problema no es de palabras, sino de las diferentes realidades que unas mismas palabras significan cuando son usadas por unos y por otros. Las palabras significan lo que significan porque las usamos como las usamos. No es el Diccionario de la Real Academia quien puede solucionar las diferencias, sino la efectiva voluntad de entenderse, de crear un espacio común, de esbozar proyectos compartidos de futuro. Para ello es preciso reconocer abiertamente las diferencias que las palabras encierran y tratar de comprenderlas. Se trata realmente de abrir la hucha de las palabras, no simplemente de cambiar unas por otras.
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*Jaime Nubiola es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es)

05/08/2005

Da Vinci Code, película (1): buscando aceptabilidad para falsedades comprobadas

Hoy publica el New York Times un artículo titulado "Sprinkling Holy Water on 'The Da Vinci Code'". El mismo texto aparece también en el International Herald Tribune con el título "'Da Vinci' film: What role for religion?". En él se ofrece noticia pública de las consultas hechas por los producctores de la película (Sony Pictures) en entornos cristianos, buscando ideas y sugerencias para "no molestar" o "no quedar mal" ante audicencias cristianas con esa película. Una vez leído, parece como si hubieran estado buscando sugerencias para nadar (ganar mucho dinero con la película) y guardar la ropa (no molestar a los inicuamente representados en ella).

El artículo habla de las ideas discutidas con Barbara Nicolosi (ver lo que ella cuenta en su blog acerca del asunto; ver también los a veces agrios y agresivos comentarios sobre ese post, titulado "NYTimes on Da Vinci"). También habla el artículo del NYT acerca de lo hablado con Amy Welborn (autora de "De-Coding Da Vinci", que también comenta su entrevista para el artículo de NYT). Esto dice el diario:

Studio officials have consulted with Catholic and other Christian specialists on how they might alter the plot of the novel to avoid offending the devout. In doing so, the studio has been asked to consider such measures as making the central premise - that Jesus had a child with Mary Magdalene - more ambiguous, and removing the name of Opus Dei.

"The question I was asked was, 'Can you give them some things they can do to change it, to make it not offensive to the Christian audience?' " said Barbara Nicolosi, executive director of Act One, an organization that coaches Christians on making it in Hollywood. She said she was approached by Jonathan Bock, a marketing expert hired by Sony for his knowledge of Christian sensibilities, and included in the discussions Amy Welborn, who has published a refutation of "The Da Vinci Code" titled "De-Coding Da Vinci."

"We came up with three things," Ms. Nicolosi said: the more ambiguous approach to the central premise, the removal of Opus Dei and amending errors in the book's description of religious elements in art.

Ms. Welborn said, "If the script took those very strong assertions that Brown makes, and softened them, made them more theoretical rather than bald statements of fact, that might do something."

Mr. Bock declined to comment about his involvement with the picture.

Ronhowardnyt Según puede leerse en el artículo del NYT, da toda la impresión de que muy poco o casi nada de esto van a hacer los productores y autores de la película (Ron Howard, director, en el rodaje, foto del NYT) en pro de la realidad histórica. Sobre todo, porque parece que temen enfrentarse a la "realidad de la ficción" de Brown, en la medida en que saben que ha sido acríticamente aceptada por los millones de lectores de la novela:

(...) "changing the plot of a beloved novel has its own hazards and risks alienating the movie's built-in fan base - those millions of people worldwide who devoured the book and made it, some claim, the most successful book in history after the Bible.

Carl E. Olson, co-author of "The Da Vinci Hoax," a book refuting the "The Da Vinci Code" (...) predicted that many devout people would be offended "unless they make a movie that bears a pale resemblance to the book, in which case they'd have a lot of irritated fans." (Ver en su blog, sobre la entrevista del NYT).

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12/06/2005

Jaime Nubiola: El anticatolicismo de moda (o el "respeto" de Carod)

De nuevo una bien razonada postura, en este caso la que ofrece el filósofo Jaime Nubiola, en un texto que próximamente publicará en la prensa de papel. Trae a colación aquel hecho impresentable, por indigno e indeseable, del que aquí ya se trató en Blasfemos Carod, Maragall y compañía: no se juega impunemente con los símbolos verdaderos. Sé que la palabra "blasfemia" suena fuerte, incluso cuando lo hecho por Carod y Maragal fuera un asunto de "pelanas", como dijo Juan Manuel de Prada. Inquiete o no, en un contexto católico como es mayoritariamente el español, "blasfemia" me parece que es una palabra adecuada al hecho. Incluso si aquello es algo que "se le escapó" a Carod.

En todo caso, es muy interesante lo que ahora dice Jaime Nubiola: "Por una extraña asociación de ideas aquella fotografía trajo a mi memoria las sórdidas fotografías de la guerra civil española en las que aparecen milicianos, revestidos con casullas de misa, empuñando sus fusiles. Sin embargo, lo que quizá me bloqueó fue la explicación de Carod cuando pretendía disculparse dos días después: "En ningún momento nadie tuvo la más mínima intención de ofender las convicciones de nadie, que, por otra parte, respeto absolutamente".

Cualquier lector inteligente merece pasar al texto que sigue y hacerse cargo del razonamiento acerca de la segunda parte de la explicación de Carod "... que, por otra parte, respeto absolutamente".

No está de más pensar un poco acerca de lo que significa "respeto".

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La penosa escena de Carod Rovira haciendo bromas con una corona de espinas junto a la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén conmovió hace unas semanas la sensibilidad de muchos de nuestros conciudadanos, también la mía. Me pareció ver en aquel gesto bufón una clara confirmación del anticatolicismo de moda que se está difundiendo en los países de vieja tradición católica y quizá en particular en España. Según la noticia de prensa, al salir de aquella venerable basílica durante un paseo turístico el presidente catalán Pasqual Maragall se dirigió a una tienda de souvenirs donde compró una máquina de fotos de usar y tirar. Al acercársele Carod, el presidente catalán cogió en la misma tienda una corona de espinas y se la colocó al líder republicano para hacerle una instantánea. La escena fue tomada por un fotógrafo de Associated Press y difundida por la prensa nacional, recibiendo los dos una severa reprimenda por parte del episcopado español, los representantes de las comunidades protestante, judía y musulmana y buena parte de los columnistas de nuestro país. Todo un merecido varapalo.

Por una extraña asociación de ideas aquella fotografía trajo a mi memoria las sórdidas fotografías de la guerra civil española en las que aparecen milicianos, revestidos con casullas de misa, empuñando sus fusiles. Sin embargo, lo que quizá me bloqueó fue la explicación de Carod cuando pretendía disculparse dos días después: "En ningún momento nadie tuvo la más mínima intención de ofender las convicciones de nadie, que, por otra parte, respeto absolutamente". Me parece que la primera parte de esta afirmación es verdadera y muestra probablemente la falta de sensibilidad de estos dos hábiles políticos hacia las convicciones religiosas de un buen número de sus conciudadanos. En cambio, no me parece que pueda decirse lo mismo de la segunda parte de la afirmación: ¿qué puede significar un respeto absoluto a unas convicciones si se las ridiculiza?

La cuestión del respeto es de capital importancia en una sociedad democrática y plural. Cuando hay diversidad de creencias, tradiciones culturales y sensibilidades, entender qué es el respeto y sobre todo aprender a vivir respetuosamente, esto es, respetando cordialmente las convicciones religiosas de quienes nos rodean se torna una cuestión vital. Una sociedad multicultural "no podrá existir -explicaba hace cinco años en Berlín el entonces cardenal Ratzinger- "sin respeto a lo sagrado. Eso incluye salir con respeto al encuentro de lo que es sagrado para el otro; pero es algo que sólo podremos hacer si lo que es sagrado para nosotros, Dios, no nos es ajeno a nosotros mismos". Quienes se burlan de la religión de los demás es que no se tienen respeto a sí mismos porque no reconocen nada sagrado dentro de sí. Esto es lo realmente dramático de nuestros políticos cuando hacen broma de signos religiosos, cuyo significado no desconocen ya que fueron en ellos educados.

Sería ingenuo pensar que aquel lamentable incidente fue simplemente un "fallo técnico" de unos avezados políticos de vacaciones fuera de su país. Se trata más bien de un reflejo del anticatolicismo en boga que trasciende con mucho la ligereza de unas personas singulares. En la sociedad democrática occidental no es aceptable hoy en día decir algo peyorativo de las mujeres, los judíos, los homosexuales u otras minorías étnicas, raciales o de cualquier condición, pero de los católicos, sus símbolos y sus creencias puede hacerse impunemente cualquier tipo de burla. En este sentido, resulta muy certero el subtítulo "El último prejuicio aceptable" que pone Philip Jenkins a su interesante libro "The New Anti-Catholicism" (Oxford University Press, 2003): "Una afirmación que sea considerada racista, misógina, antisemita u homofóbica puede perseguir a un orador durante años, pero en cambio es posible todavía hacer afirmaciones públicas hostiles que vituperen al catolicismo romano sin temor a ninguna repercusión seria". En los Estados Unidos el prejuicio anticatólico tiene raigambre antigua y en los últimos tiempos florece por doquier, aunque casi nadie parezca advertirlo. En los Estados Unidos, como escribe Peter Viereck en la cita que abre el libro, "atacar al catolicismo es el antisemitismo de los liberales". El éxito de "El Código da Vinci" o las críticas al Opus Dei y a otras instituciones de la Iglesia católica pueden entenderse muy bien en esta clave.

El prejuicio anticatólico norteamericano adopta en Europa una forma mucho más agresiva. "Europeo, no cristiano. Un secularismo agresivo barre el continente" titulaba la revista U. S. News & World Report un reciente artículo de Jay Tolson sobre la cuestión. Tolson llega a hablar de una cristianofobia que asola Europa, coincidiendo con décadas de prosperidad económica aunadas con un notable declive de los valores religiosos. Quizá un signo fehaciente de esa actitud hostil a la religión -en particular entre las élites intelectuales y políticas europeas- se encuentra en la negativa de los autores de la malograda Constitución europea a reconocer en el texto sometido a aprobación las raíces cristianas de Europa a pesar de las reiteradas peticiones de Juan Pablo II y de numerosas entidades y organizaciones.

La irrupción de este anticatolicismo en nuestro país no puede menos que llamar la atención. Cuando nuestros "progresistas de izquierda" alzan como bandera un rancio laicismo decimonónico están reproduciendo aquella misma actitud hostil a la religión del todo opuesta a la genuina tradición democrática y pluralista. En los últimos tiempos, tanto la enseñanza de la religión en las escuelas como los símbolos tradicionales cristianos -desde los adornos navideños hasta la bendiciones de los nuevos edificios en su inauguración- han vuelto al centro de la batalla política y social.

Conviene tener presente a este respecto que la idea de separación entre la Iglesia y el Estado se debe al cristianismo. Los primeros cristianos fueron perseguidos -explicaba el cardenal Ratzinger al periodista Peter Seewald en una extensa entrevista hace unos años- porque no estaban dispuestos a ofrecer sacrificios al emperador, a subordinar sus creencias a la religión del Estado. La historia ha dado muchas vueltas en el mundo y en nuestro país, y ahora reaparecen en nuestra sociedad quienes defienden un Estado tan laico que no haya lugar en él para la expresión pública de las propias convicciones religiosas: esa es la nueva religión civil.

Afortunadamente nuestros políticos laicistas -muy a su pesar- no son los referentes más importantes en nuestra cultura. A la vez que el prejuicio anticatólico golpea nuestro país, por ejemplo, con la pretensión de legalizar como matrimonio las uniones homosexuales, un viejo rockero como Bruce Springsteen recorre nuestras ciudades con su nuevo álbum Devils & Dust con un montón de canciones llenas de espiritualidad. Realmente aunque el anticatolicismo esté de moda, no es la única moda ni, por supuesto, la mejor.


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