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04 diciembre 2004

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Juanjo, y cual es tu responsabilidad, tu que llevas decadas formando periodistas?

Estimado y desconocido X2: como presumo que me conoces bien, pienso que puedo empezar diciendo que entiendo mi responsabilidad profesional como la de quien pretende hacer su trabajo lo mejor posible. Sabiendo que ni siempre se está a la altura de las circunstancias, ni que lo que se hace como "lo mejor" posible, siempre es visto como bueno para uno mismo ni para los demás. Sabiendo por tanto que siempre cabe mejorar en el modo de vivir las profesiones de la comunicación, en su ser prácticas y flexibles (en registro lírico: como el junco, si está vivo y verde, que se dobla con las corrientes de los arroyos, pero no se quiebra) y por tanto, carentes de la rigidez de la teoría filosófica o la rigidez de las técnicas instrumentales.

Como quizá te refieres a mi responsabilidad frente al actual estado de cosas en las profesiones de comunicación, en España, puedo decirte algo que quizá me escuchaste en algún aula, o que hablamos tomando café en algún otro momento. Me refiero a aquella idea que cuenta Josef Pieper a propósito de lo que distingue a un ingeniero técnico de un artista o un creativo, un profesional de la escritura. Los periodistas, como profesionales de la comunicación, tenemos más de lo segundo que de lo primero. Siendo los profesionales de la comunicación gente a quienes se exige mucho. De entrada, que sepan (sepamos) articular bien las cinco dimensiones propias de estas profesiones que van del periodismo a la propaganda, la publicidad o la creación de ficciones. Siendo esas dimensiones siempre en juego, y en mayor o menor medida, la política, la ética, la estética, la poética y la retórica. Con ellas se puede y debe soportar una buena dosis de realidad, porque eso es lo que la sociedad exige de la responsabilidad profesional a las gentes dedicadas a la comunicación.

Pues bien, decía Pieper que si se pone una escuela de ingenieros, y entran cien estudiantes en primer curso, al cabo de cinco años tendremos cien ingenieros. Si se pone una escuela de periodistas (por ir al caso que nos ocupa), y entran cien candidatos en primero, quizá salga un pequeño puñado al cabo del tiempo previsto; o quizá no salga ninguno. Y eso, con independencia de que salgan cien personas con un título debajo del brazo.

Esta es la diferencia entre un profesional técnico y un profesional práctico. El primero se prepara con facilidad a seguir reglas y cumplir órdenes. El segundo se prepara con notables dificultades para tomarse a sí mismo en serio para saber tomar decisiones en conciencia, decisiones libres que tienen que ver con respetar y observar la realidad y con decir la verdad, haciéndola verosímil (creíble, aceptable, amable, o como quiera que pueda decirse aquí con pocas palabras).

Mi responsabilidad, entonces, tras este largo inciso con Pieper, como persona que -según dices, con razón- "lleva decadas formando periodistas" es la de haber pretendido (no sé si, a fin de cuentas, sabido) presentar suficientemente bien este difícil y arriesgado panorama como un terreno muy apetecible para dejar la sociedad mejor de como la recibimos. Esto, sabiendo que hablaba a personas más bien inteligentes y bien dispuestas, y sobre todo personas libres que debrían arriesgar-se en su trabajo. A veces, viendo actuar desde lejos, algún que otro conocido en algún lugar de la profesión, pienso que podría haber hecho bastante más o bastante mejor las cosas para motivar su sentido profesional. Es patente que la libertad, o alguna esclavitud libremente asumida, a veces lleva a hacer cosas profesionalmente poco dignas. Pero también la experiencia me dice que lo correcto es lo corregido, y es muy cierto que he tenido la suerte de ver mucha gente corrigiendo y rectificando. No meros comunicados ("aciertan cuando rectifican"), sino algo mucho más personal y comprometido, como es una trayectoria profesional.

También se puede mencionar de otro modo este asunto de mi responsabilidad como profesional de la comunicación (eso son también los profesores: gente que piensa para colegas que no tienen tanto tiempo para pensar en los implícitos y exigencias de su profesión), muy semejante a la de cualquier otro profesional de la comunicación.

Esa responsabilidad común es la de dar como verdadero lo que se tiene como verdadero, como dudoso lo que se tiene como duda, como cierto lo que se sabe con certeza (aunque se esté en un error), como opinión lo que es propiamente opinión, etc. Es decir, no mentir: no engañarse ni engañar. Y eso, contando con las dificultades propias del propio lenguaje, de la propia ignorancia vencible, de las propias tentaciones de vender la pluma (o parte de ella) por una comida con un director general, un director de cine, un torero, un ministro o un redactor jefe... O con las dificultades propias de quien a las primeras de cambio se convierte en un cínico o un escéptico al ver la realidad real de la vida y amedrentarse y no saber bien cuando es hora de abandonar el complejo de Peter Pan y hacerse cargo de la propia vida y de las cosas y de lo que dice sobre ellas. Es patente que a quien no quiere crecer y hacerse cargo de sí mismo y de lo que le compete, le resulta mucho más aparente adoptar el aire cínico o escéptico de quien parece 'estar de vuelta', cuando se trata de alguien que ni siquiera se atreve de verdad a 'estar de ida'.

En fin, ya sabes que incluso teniendo la conciencia profesional tranquila, no siempre uno es visto como moneda de cinco duros que a todos gusta. Basta por hoy con este largo texto, escrito a vuelapluma y con poco tiempo. En otra ocasión, más, si es el caso: hay mucha realidad que soportar.

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